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La mentira en el discurso de Martin Scorsese en El lobo de Wall Street

Rescatamos de este film un pequeño fragmento en el que Jordan Belfort motiva a los trabajadores de su empresa bursátil para que trabajen de forma más eficiente. El discurso es muy sencillo. Repasa sus comienzos y todo lo que ha conseguido trabajando duro. Si ellos hacen lo mismo, tendrán su misma vida, algo ingenuo que muchos de los trabajadores se lo creen. Lo interesante de este pequeño fragmento no es otro que el de contrastar lo que nos dice la palabra con lo que nos expresa la cámara. Martin Scorsese plantea una gran mentira, subida a un escenario en una segunda parte, como representación de un teatro, algo inverosímil. Una mentira que tiene sabor a verdad. 

Martin Scorsese nos presenta en  su película El lobo de Wall Street (2014), la historia real de Jordan Belfort, un joven de 24 años que se hace broker de bolsa  y triunfa fundando la empresa de inversiones bursátiles Stratton Oakmont. Corren los años 90 y en el parqué de Nueva York casi todo vale. A costa de traficar con bonos basura y de estafar a numerosos inversores, Belfort se convierte pronto en una máquina de hacer dinero, y también de gastarlo. En un día podrá engordar sus cuentas con millones de dólares y gastarlos por la noche a la misma velocidad. El juego sucio que lleva en la bolsa lo aplica también en su vida extra profesional.

Rescatamos de este film un pequeño fragmento en el que Jordan Belfort motiva a los trabajadores de su empresa bursátil para que trabajen de forma más eficiente. El discurso es muy sencillo. Repasa sus comienzos y todo lo que ha conseguido trabajando duro. Si ellos hacen lo mismo, tendrán su misma vida, algo ingenuo que muchos de los trabajadores se creen. Lo interesante de este fragmento es contrastar lo que nos dice la palabra con lo que nos expresa la cámara. Martin Scorsese plantea una gran mentira, subida a un escenario en la segunda parte de la escena, como representación de un teatro, algo inverosímil. Una mentira que tiene sabor a verdad.

Discurso a analizar : 

 

 

La cámara contradice el mensaje principal del discurso. La puesta en escena pone en evidencia  las palabras. La cámara revela una distinción, una separación entre  el jefe y los empleados. El hecho de que la cámara vaya por un lado y el guión por otro crea la ironía.  El discurso puede dividirse en dos partes perfectamente diferenciadas:

En la primera parte Belfort se encuentra en medio de la imagen. Se le muestra en un plano abierto rodeado por sus empleados. Él nos intenta convencer de una manera visceral. Todos forman un equipo. Hay un momento en el que él sube a la tarima y es filmado con escorzo. Esto nos dice que aún hay una relación entre él y sus empleados.  Poco a poco desaparece ese escorzo y se nos muestra la clara diferencia entre las dos posiciones. De hecho, el único contacto entre ambas partes es cuando tira el reloj en cámara lenta. Las imágenes nos muestran el engaño que se produce en toda la secuencia.

La horizontalidad es una balanza que nos va mostrando y equilibrando los personajes. Al igual que su contacto físico.

La segunda parte comienza con escorzos, pero empezamos a verle a él en un alto. Poco a poco va desapareciendo y con la imagen del reloj todo se rompe. Por parte de los oficinistas no hay un equilibrio. Solo tenemos campo (donde está el protagonista) – Contracampo (el resto de oficinistas). Lo que nos dice el guión es una cosa y lo que nos dice la cámara otra. Esto subraya el distanciamiento de dos mundos diferentes. 

Lo interesante es ver cómo el director, a través de los elementos visuales, nos muestra un mensaje subterráneo totalmente contrario al discurso verbal. A través de la colocación de acentos, el juego campo – contracampo de la segunda parte, dota a la película de una paradoja sobre la realidad. Algo que choca y que no sabemos qué es, y  que, además, crea ritmo. Las palabras llegan a una conclusión pero las imágenes nos dicen otra. Hacer esto es muy difícil. Encontrar a un actor que se crea el “engaño” y que logre convencer a los demás de este, también lo es. Leonardo Di Caprio sale airoso de esa escena crucial para la película representando una mentira a pie juntillas.

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